Hola de nuevo, ya ha pasado un buen rato ¿verdad?, espero no volver a ausentarme tanto tiempo… como bien saben se aproxima el día del Seminario de Guadalajara, el próximo 21 de marzo, por ello hoy quiero tratar un tema sobre la vocación y con ello invitar a todos los lectores a orar por los sacerdotes, los futuros sacerdotes, y los jóvenes para que respondan al llamado que Dios les hace….
En definitiva, la vocación es una llamada –como su mismo nombre lo indica: –vocare–, llamada divina a vivir en el Amor y en la Verdad cada instante de nuestras vidas. Es decir, hemos sido llamados a la vida, a hacer de nuestra existencia una verdadera, plena, profunda, amorosa y alegre donación de nuestra persona a Dios y al prójimo.
He aquí que llegamos a la llamada a la santidad, pues ¡esto es santidad!, el vivir de mejor forma posible, haciendo lo que nos corresponde de la manera más excelsa que podamos, por amor a Dios y por amor al hermano, con alegría y prontitud.
Esta vocación a la vida y a la santidad la podemos vivir de tres formas:
Matrimonio: La unión de un varón y una mujer, por amor, que se entregan mutuamente y se hacen uno solo para santificarse y santificar a sus descendientes y santificar su entorno; mediante la vivencia gozosa y alegre de su vida cotidiana, mediante su testimonio de amor a Dios y amor entre ellos.
Soltería: El vivir solo, que no significa ser solitario. El soltero opta por este estado de vida para entregarse totalmente al Señor y estar dispuesto a lo que Él le pida; tiene gran posibilidad de santificarse y santificar a otras personas mediante un continuo apostolado. Hay el riesgo de que se amargue o que caiga en el libertinaje… pero si se une a Dios, si entrega totalmente su persona a Él, permanecerá fiel y puro en su amor…
Vida célibe: Llamado de Dios, para que lo sigan más de cerca, para que se entreguen y se consagren totalmente a Él; ya sea en la vida religiosa (activa o contemplativa); o en el sacerdocio ministerial. En esta vocación Dios hace el llamado a seguirle plenamente mediante una respuesta libre y generosa; dejando todo, tomando la cruz y siguiéndole. Todo esto sería imposible si no se tiene una verdadera experiencia de amor a Cristo, amor que lo llevara a la donación de sí mismo a Dios y al pueblo santo de Dios; entregando y desgastando su vida cada instante para llevarlos al encuentro definitivo con Él.
Finalmente, constatamos que Dios algunas veces llama de una forma dulce, agradable; otras veces como un relámpago, fuerte y firme; otras veces simplemente pone una mano en el hombre y te dice SÍGUEME…
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